sábado, 24 de julio de 2010

Como Manejar El Enfado, 1ra. Parte


En esta ocasión, voy a compartirles un artículo en varias entregas, de la autoría del psicólogo español Sergio Huguet, quien es Director del Instituto de Terapia Gestalt de Valencia.


Tratar este tema en este preciso es muy oportuno, tomando en cuenta la poca tolerancia y la actitud agresiva que ha adoptado la gente en su diario vivir. Ojalá estas palabras del Sr. Huguet, que transmito en esta página sirvan para hacer una diferencia positiva en quienes tengan la oportunidad de leerlas.


¨Enfadarse no cuesta nada, pero gestionar el enfado es una tarea compleja. Sin embargo, si dominamos ciertas habilidades, un enfado puede ser la oportunidad para conocernos más a nosotros mismos y para acercarnos a los demás.


Todo el mundo puede enfadarse; esto es fácil. Pero enfadarse con la persona adecuada, con la intensidad correcta, en el momento oportuno, por el motivo justo y de un modo eficaz ya no lo es tanto, decía hace ya más de veinte siglos el filósofo griego Aristóteles. Quizá por eso una de las cosas que mejor muestra el carácter de una persona es su forma de proceder ante las ofensas padecidas. Dime cómo respondes ante una ofensa, cómo manejas tu agresividad, y te diré cómo eres.


Cuentan que hubo una vez, en la antigua China, un guerrero que formó un gran ejército. Con él iba conquistando todas y cada una de las ciudades por las que pasaba, sembrando muerte y desolación por doquier. Su fama llegó a causar tal pánico entre las gentes que, antes de que llegara con su ejército, todos los ciudadanos desaparecían sin ofrecer ninguna resistencia y dejando sus bienes a merced de los saqueadores. Un día, el guerrero entró en una de las ciudades y, cuando se acercó al templo para tomar el oro que allí pudiera haber, se sorprendió al ver a un monje de pie meditando tranquilamente.


El guerrero, ofendido ante lo que entendía como una muestra de arrogancia, se acercó al monje y, apuntándole con su espada en el cuello, le preguntó:


¿Acaso no sabes quién soy yo? - Sí - le contestó humildemente el monje.

- Así pues, ¿no sabes que soy alguien capaz de cortarta de un tajo el cuello y ni siquiera pestañar mientras lo hago?

- Y tú, ¿no sabes quién soy yo? - le preguntó el monje sin levantar la mirada del suelo.

El guerrero, profundamente desconcertado, le preguntó con un cierto temblor en la voz: - ¿Y...quién eres tú?

Entonces, el monje levantó la cabeza y fijó sus ojos en los del guerrero y le dijo:

-¿No sabes que yo soy alguien capaz de dejar que me cortes el cuello y ni siquiera pestañear mientras lo haces?


Siempre me ha resultado hermoso este cuento zen. El monje se mueve con gran sabiduría ante el guerrero. No huye, permanece en su lugar defendiendo lo que es suyo. No se deja intimidar por la fama del guerrero. Sabe que, detrás de su fiereza, no hay más que un hombre temeroso y arrogante. Asume el desafío del guerrero cuando este le pone la espada en el cuello, y lo resuelve sin utilizar la violencia, solo con el filo de su palabra.


Toda la fuerza del monje radica en que se convierte en una lección para el guerrero, y para todos nosotros, pues le enseña que blandir la espada sobre su cuello y cortarlo sin pestañear no es ningún mérito. La auténtica proeza es no pestañear, permanecer firme y sereno, ante la amenaza del guerrero. ¿Acaso el guerrero sería capaz de actuar así?


Todos nos encontramos con guerreros saqueadores y ofensivos en nuestro día a día, pero hay muchas personas que no siempre saben asumir el desafío ni defender su lugar. En muchas ocasiones, huyen como los ciudadanos del cuento y se tragan todo el enfado y la agresividad que sienten, la cual acaba arremolinándose en su interior, volviéndose en su contra y convirtiéndose en una autoagresión.¨


Seguiremos con el resto de este interesante artículo la próxima semana...